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domingo, 11 de agosto de 2013

Cuento "Un recuerdo perdido"

Un día un maestra de 6 años me dijo que "los niños cuando crecen quieren caminar y quieren aprender todo y van recolectando tiempo". Espero que aquellas palabras me sigan dando vueltas en la cabeza por toda mi vida.

Un Recuerdo Perdido.





Por las calles oscuras y silenciosas de los barrios céntricos de la ciudad capital, en la media noche, se puede sospechar una sombra que se mueve con un gran costal en la copa. Como un gran envoltorio el enorme paquete cubre al desventurado habitante que lucha en cada paso con llegar a su espacio. En la esquina del cajero, se detiene y logra sentir ese recuerdo lejano que se pierde entre la mugre y el olor a calle. Se queda mirando la pantalla como perdido en el mundo  y trata infructuosamente de traer al presente las imágenes de su vida pasada, cuando era alguien, cuando lo tenía, casi todo. Ahora desprovisto y perdido, en sus manos tiene tan solo su costal y sus cartones, y con eso le basta. Deambula por las pequeñas calles solitarias, armarios abiertos, bocanadas de humo y se sienta para saludar al demonio que domina, alcanza y mata. 

Aparecen al unísono, lentamente por las sombras del camino, el combo de los espíritus sin recuerdos, los que caminan por la calle sola, las almas que no tienen luz. Un subterráneo mundo en el que no se tiene derecho a ver el cielo. Hombres, mujeres y niños que divagan, suponen, aprenden y engañan. Son voces que conducen a nada, golpes de pecho, el llanto que se escucha y se pierde en los andenes. Los perros ladran y el hombre que vive sin ley no ladra, respira; así esta respiración lo mate de hambre. El sonido sostenido del martillo permanente marca el paso del hombre con su costal. No se calla el ruido y con cada paso el sonido se hace más fuerte.

Ha llegado nuestra sombra olvidada, el resquicio del hombre del pasado, a su espacio; dejando su carga, abre el costal para encontrar su caja pintada, la última de sus pertenencias de una vida casi olvidada. En ella hay rumores, susurros, palabras al oído y la imagen del sueño que camina. Recuerda, sentado en el borde del andén, que el ahora roba para callar su ardor, su hambre de humo, de carne, ardor de ser parte del mundo. Y entre tanto del cielo le caen las migajas, llueve la esperanza, sus recuerdos se hacen presentes, pero como llegan se van, se evaporan, se pierden y se confunden con las imágenes negras de un presente nefasto, un ahora maldito y un futuro repugnante. El sonido sostenido del martillo se hace fuerte, cada golpe se convierte en una palpitación y sus manos, que sostienen la caja sienten aquel martilleo. Se sincroniza el corazón con el golpe permanente, como si fuera un coro, como si su corazón estuviera unido inefablemente al sonido sostenido que proviene de la caja.

Y todas las demás sombras se miran las unas a las otras. No tardan en verse con ojos rojos, de envidia, de esa maldad que retumba en las entrañas. Pronto aparece la sentencia, la mano que apunta al culpable, puño que juzga, condena y ejecuta todo en un solo lugar. Él sigue en su momento de refugio, de alto y bajo. Pobre de él, que viendo su vida correr se desvanece, entre pensamientos y animaciones. Su cuerpo ya no es carne humana. El olor, ese bendita putrefacción que lo acompaña y lo envenena de a pocos. Algunas veces no se recuerda la peste, pero otras se vuelve insoportable y debe echar mano de la fuente; se pierde el sueño pero se siente la piel por un rato.

No tardan las otras sombras en notar aquel martilleo, esa palpitación que los atrae lentamente pero con una fuerza sorprendente. Vienen por todo, sin tregua. Él siente temor, pero sabe que lo único que lo hace él, es lo que guarda en esa caja. Los demás la exigen, la gritan, la señalan con dientes de perro callejero y babaza de media noche. El sudor, la puja y las manos que luchan por la pertenencia. Ni el llanto, las maldiciones o las promesas de la causa y el efecto, impiden que la caja vuele y se abra, dejando al aire y desprotegido, el antiguo reloj de pulso negro, que continua su martillar; mientras tanto él, lo observa caer sin poder hacer nada más que gritar con las manos que lo aprisionan. Al tiempo que el frío recorre su tiempo, el valiente deja la presencia y le invade el llanto de la perdida. Se desfragmenta en pedazos pequeños su corazón. Pero aún seguía su marcha. Fue tomado por uno, o tal vez dos. Lo que por agua viene se va entre las cañerías de la noche, y el que a hierro mata su muerte le persigue con signos indelebles. Finalmente a lo lejos se puede escuchar el silencio de la marcha, ha parado de andar. Y el tiempo se detiene, al igual su corazón. Sus ojos se nublan en un iris negro y dilatante. El último de sus movimientos es un impulso ajeno y que lo lleva a tomar sus piernas  y recogerse como un pequeño bebe que en cambio de morir y vuelve a nacer.

Su mano pintada con nieve de aserrín apunta a la marca roja que dejó y que no camina; y que no correrá jamás en el tiempo. Quedo petrificado, inanimado, muerto. Ya no respira, se fue por la mugre, la calle y el humo. Sus cabellos comienzan a modular el movimiento del desfallecimiento. Las sombras, los espíritus  que caminan pierden el recuerdo y se marchan, abandonan el espacio y no dejan huella ni rastro, como si jamás se hubiera hablado de ellas.

La luz se apaga a medida que aparece en la lejanía del horizonte el sol. Las calles se llenan de tumulto, de ruido, de afanes y maldiciones. Los ojos públicos desprecian la figura encorvada sobre el andén. Canta la sirena y las blancas manos cargan los restos. El mundo lo presencia sin emociones, como una noticia más entre las dedicatorias de grado y los avisos empresariales.

Al final del día, la tierra se traga la espiga infértil y cubre sus huellas. Así fue, su recuerdo quedará perdido y olvidado entre paredes, andenes y humo.

Cuento "La mancha de Café"

Después de una estancia corta en la ciudad de Bogotá, observé en uno de los muchos parques de la ciudad, a un hombre que me inspiro el siguiente relato.

La Mancha de Café.

Era de noche. La densa niebla que cubría la torre de apartamentos, apenas dejaba ver las luces de los postes de la calle desierta. La brisa, le obligó a cerrar la ventana y a hundirse entre sus cobijas, con las medias rojas y su gorro gris; sus piernas y dientes, temblaban y tiritaban casi al mismo ritmo. Se sentía exhausto y agotado; mientras que su cuerpo soportaba el frío de la noche, su mente enmarañada se desvanecía entre recuerdos.

Para tratar de calentarse, se incorporó de su cama e inicio una marcha pausada  en medio de la estrecha habitación, llena de pinturas, pinceles y cuadros inconclusos; los sonidos que producían las chancletas con cada paso, sumado al tiritar de los dientes, convertían la lenta caminata en la entonación de una máquina de coser descompuesta. Caminaba en pequeños círculos observando en detalle el apartamento: la puerta de entrada con sus bisagras torcidas, que hacía rosar la puerta con el piso al momento de abrirla o cerrarla; la lámpara amarilla de bombillo pequeño sobre la mesita de noche; el tapete sucio y con quemaduras; las marcas de los cigarrillos en los bordes de la mesa principal; hasta que se detuvo frente a la mancha café de la pared, que daba al respaldo de su cama. Aquella mancha, que parecía el rostro de una mujer que lloraba: su virgen. La observaba de cerca tratando de ver sí en verdad parecía un rostro humano o divino, o si acaso era el producto de su percepción distorsionada. Se concentró primero en los ojos, imaginó los reflejos y, finalmente volvió a la mancha completa para convertir a la insinuación que se definía en las dimensiones fantásticas de su mente estropeada.

Conociendo de ante mano que su estadía en aquella habitación terminaría al llegar la mañana, y motivado por el reto que se le presentaba, decidió pintar la pared y convertir su obra en la especie o dote para el casero; pues al no tener dinero para pagar el alquiler, debía tratar de arreglar la deuda con su arte. Primero corrió la cama, tratando de hacerlo con el mayor cuidado levantando un lado y lo arrastró suavemente, luego tomó la silla de plástico azul acomodándola en frente de la pared, y finalmente acondicionó su maleta como mesa, ubicando todos sus utensilios sobre la misma. Era tanta su concentración y dedicación con la pintura, que sin darse cuenta su gorro y la cobija de lana que lo cubrían, fueron a parar al borde de la ventana. Ahora solo necesitaba dejar trabajar sus manos. 


Pincel No.7  y las formas generales de la muza; pincel No. 2 y los labios de la mujer que parecían suspirar, y unas cuantas pinceladas más y ella ya tenía un rostro. Pero la figura incompleta lo animó a darle cuerpo, a dibujarle unas manos y sobrepasar la silueta; ahora unas piernas alargadas y delinear el contorno. Agua y manos, dedos y pincel; la fuerza termina y un tanto exhausto la mira lentamente de arriba abajo. No se levantó de su silla hasta después de admirarla en silencio; sintiendo orgullo por sus dotes de artista, soñando con que esta sería su obra maestra, trayendo a la realidad lo que solo se dibuja en la ficción. Pero el frío lo hizo aterrizar nuevamente en el suelo de la ciudad fría y nubada, en esa habitación gastada y mal oliente.

Apoyando sus manos en los descansos de la silla, se paró sin perderla de vista. Era tiempo de preparar el equipaje, ya amanecía y aunque la luz no cubría por completo la ciudad, el suave hilo amarillo acariciaba las lomas, cubiertas por las láminas plateadas que intensificaban la luz cual espejos. Dejó la cama corrida a la ventana y con su cuidado característico envolvió cada pincel, tapó las acuarelas y empacó los implementos en la maleta de cuero negro. Ahora debía darse una ducha, tratar de reanimarse con el agua helada que él suponía, lo despertaría y lo dejaría como un hombre nuevo. Caminando de espaldas se dirigió al baño sin puerta porque no fue capaz de desvestirse frente a ella, pensaba que era mejor guardar las proporciones de una primera visita.

Ya en la ducha, abrió la llave de paso y después de escuchar los golpes en la tubería, aguantó la descarga sobre su espalda viendo como le recorrían los caminos de agua por sus piernas delgadas y velludas, tradición familiar por parte de mamá; restregó sus brazos y su rostro con el jabón pequeño del lavamanos. Dejó entonces que las aguas se confundieran en el sifón con sus repeticiones anticipadas, de las frases que pronunciaría al momento de encontrase con el casero. Cerró la ducha, tomó la toalla y rodeo su cintura con la misma, al tiempo que se  introducía en sus chanclas para mirarse fijamente en el espejo. Otra vez, se tocó el lunar rojo del lado derecho de su cuello, que le recordaba sus raíces paternas; pues todos los varones de la familia habían llegado al mundo en compañía de aquel lunar de color rojo.

Escuchó, mientras que cepillaba sus dientes, el rose de la puerta con el piso, producto de la posición torcidas de las bisagras de la entrada de su apartamento. Pensó que se le había hecho tarde y que ya venían a cobrarle la estadía. Lentamente, mientras sonreía, giró su cabeza para observar la entrada del casero, pensando en la alegría que le daría conservar en aquel cuarto una obra de arte. Un llamado sin contestación confirmo un gran misterio en la mañana: nadie entró… ¿o sí?

Empuñando la chupa de color negro para destapar el baño, respiró agitadamente sintiendo como el latir de su corazón se aceleraba cada vez más. Recostó su espalda a la pared del baño junto al lavamanos y dando cortos pasos se acercó al marco sin puerta de la entrada del baño, y cuando estaba a unos pocos metros de quedar mirando plenamente el apartamento, dio un saltó para tomar desprevenido al supuesto malhechor. Después del corto vuelo, la toalla que le envolvía cayó. Su mano soltó el arma improvisada que rodó hasta ser detenida por la pata de la mesita de noche. Con la otra mano se cubrió su barbilla lampiña,  y sus ojos se abrieron para dejar la pupila reducida a un diminuto punto negro. Su piel se erizó y como un relámpago que traspasó su cuerpo todo en él se paralizó. No fue capaz de producir sonido alguno, incluso su mente que tan agitada había estado momentos antes, quedó suspendida en el vacío.

Él estaba completamente desnudo, al igual que lo estaba aquella pared. Tal como su cuerpo después del baño, la pared estaba absolutamente limpia, sin una sola mancha de pintura y sin la mujer que allí habitaba.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Cuento "Los dos compadres"

Los dos compadres.


Les dejo este cuento con mucho cariño para todos ustedes.

Cuento andino

Cuerdas de Charango.

Desde la época de la colonización española en el continente Americano, en lo más profundo de las tierras de las nieve latinas, adentro de los Andes Americanos, corre la vieja historia de “José el Charanguero”. Dicen que cuando el viento dominaba la blanca cordillera, existió un hombre con un don especial para hacer música de la nada llamado José. Ante los nuevos inventos de los españoles, José se dio a la tarea de fabricar su propia guitarra, que fuera capaz de llegar al corazón de los hombres y que además permitiera sacar más notas que las dadas por las pocas cuerdas de la guitarra. Fue entonces cuando José fabricó “El Charango” provisto de tantas cuerdas como dedos tienen las manos del hombre y mas pequeño que la guitarra, permitiendo con esto que José pudiera llevarlo a las montañas mientras cuidaba a su rebaño de llamas. 

En las tardes tocaba con delicadeza su instrumento logrando que las notas llegaran a los cañones más apartados y logrando que los inmensos colosos de tierra se enamoraran profundamente de José y su “Charango”, mientras que las llamas pastaban al son de las divertidas canciones de José. El viento celoso del talento del joven, lo maldijo a él y a su “Charango”; y mientras José tocaba el viento empezó a soplar con mas fuerza, con la intensión de bien romper el instrumento de canciones infinitas o dejar a José inmóvil y con sus dedos congelados por la fría brisa que le azotaba; el viento soplo con furia y las gentes al ver lo que pasaba se colocaron alrededor de la montaña para ver aquel encuentro entre el viento y José y su “Charango”.

 Finalmente el viento logró romper un acuerda del “Charango”, pero esto no fue impedimento para que José siguiera tocando con las nueve que le quedaban, y a medida que el duelo se ponía mas intenso una a una las cuerdas del “Charango” se rompían dejando en el suelo apenas unos hilachos de lo que fueran las cuerdas de los fastuosos sonidos. Pronto José se vio exhausto; de su frente resbalaban gotas de sudor, mientras el sol implacable quemaba su piel en lo más alto de la montaña; al mismo tiempo sentía que las heladas corrientes le partían los huesos; cansado y con tan solo una cuerda, persistió en su empeño, y de esta solitaria cuerda saco cientos de notas y entono docenas de canciones. El viento redoblaba su fuerza, y el “Charango” fue perdiendo ahora su madera; pero José resistía y hacia frente con melodías de tonos entrañables y músicas de colores infantiles. Sin embargo era tanta la fuerza del viento que la última cuerda rompió, al igual que lo hicieron las esperanzas de las gentes por ver a uno de los suyos imponer su talento ante un ser tan poderoso como el viento andino. Todo el pueblo cayó en la mirada y se retiró en silencio. Pero la música seguía sonando y no se sabía de donde provenía, ¿Cuál era el instrumento que ahora tocaba?, nadie lo podía ver.

José, observando atónito todas las cuerdas de su “Charango” rotas en el suelo, no tuvo mas remedio que tocar sus propios dedos y estos se empezaron a alargar y su pequeño cuerpo se hizo duro y reluciente, y poco a poco, todo su espíritu se entregaba al alma del charango. Concentró su postrer mirada en el horizonte mientras sus dedos convertidos en cuerdas trinaban en un aria eterna, y su cuerpo adquiría la forma de curvas pronunciadas e incitantes. Fue tan fuerte la melodía, que el viento acepto su derrota y se refugió en lo mas profundo del cañón, pues había sido vencido por José, el famoso charanguero. Del talentoso joven no se supo más; algunos dicen que la montaña lo robo para si, y de esta manera sentir la música de José desde lo profundo de sus entrañas. Desde entonces cuentan las lenguas de los Andes, que en las tardes, ante el sol imponente, cuando el viento sopla con fuerza, y las Llamas pastan en las montañas vestidas de blanco, se puede escuchar una melodía en las cuerdas de un charango, apaciguando y recordando al viento que una vez fue vencido.

Poema: Radiografía del juego.

En este mes tan romántico me ha llegado este otro poema a mi mente, creo. Espero les agrade.

Radiografía del juego.

Las diosas me piden las cartas del juego.
Como un tramposo escondo el az.
la baraja dispuesta, la derrota escrita 
y ya he muerto.

No volveré a reír
el último respiro será 
un epitafio vació.

Se lanzan los dados,
para el primer turno, pongo.
Despues tomo la carta y
aparece tu foto.

La dejo para mi ruleta
y al girar, el círculo alado,
me recuerda mi propia caminata.

Perdi.
No me llevo nada
ya no tengo que poner.
desnudo, 
decido jugarmela nuevamente.

Otra carta,mi foto
esa es la elegida.
Me la juego toda, 
y ahora,
ya no tengo que perder.


La vida me mostró un camino, 
Pero las palabras vienen y se van.
Levitan sin rumbo.



Adiós.
Dejo, no. No dejo.
Escribo, dejo lo escrito.



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